Mis lecturas de febrero y marzo de 2022


Últimamente reseñaba los libros que iba leyendo de mes en mes; siempre con algo de retraso. Podría decir que es para dejarlos reposar, pero estaría mintiendo.

En esta ocasión voy a juntar las lecturas de febrero, que fueron variadas e interesantes, con el único libro que terminé en marzo; luego explicaré por qué fue así.

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino. (FOTO de la portada: E.Madinaveitia)

Empecé febrero con una pequeña joya: Las ciudades invisibles, mi reencuentro con Italo Calvino después de mucho tiempo, más de treinta años. Una verdadera joyita, muy bien escrita. La forma, un diálogo entre Marco Polo y Kublai Kan, ya es muy interesante, pero las descripciones de ciudades imaginarias son fascinantes. Es un libro breve, pero que en mi opinión se debe leer en pequeñas dosis. A ratos me recordaba al gran Borges, uno de mis escritores favoritos (que, por cierto hace muchos años que no releo, algo que debería hacer).

La extraña desaparición de Esme Lennox, de Maggie O’Farrell. (FOTO de la portada: E.Madinaveitia)

También me gustó mucho La extraña desaparición de Esme Lennox, de Maggie O’Farrell. Una novela espléndida. Una tragedia contada con gran sensibilidad, manejo de los silencios y los sobrentendidos.

Un relato muy marcado por el papel de la mujer en la sociedad ultrapuritana de la Escocia de la primera mitad del siglo XX. Con un final sorprendente (o no del todo) contado con pulso de maestro (de maestra, en este caso).

Muy recomendable.

Se trata de la misma autora de Hammet, una obra que ha sido bastante popular el año pasado y que ya comenté en su momento.

Cuando leí El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de la escritora moldava Tatiana Tîbuleac, ni siquiera tenía muy claro dónde estaba Moldavia; aún no había empezado la guerra de Ucrania y todavía estaba más lejos la posible invasión de la Transnistria.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tîbuleac. (FOTO de la portada: E.Madinaveitia)

No había visto ninguna recomendación de este libro, pero su título me llamaba la atención siempre que lo veía en las librerías. Luego me lo regalaron por mi cumpleaños. Es una novela muy dura sobre el intento de reconstrucción, en una playa del norte de Francia, de la relación entre una madre y un hijo que siempre la ha odiado (sin una razón explícita).

Es de suponer que los ojos de la madre siempre habían sido verdes, pero ese verano, el último, cobran un nuevo protagonismo. Una buena novela, muy bien escrita y traducida. La editorial Impedimenta tiene la buena costumbre de llevar a los traductores a la portada. En este caso se trata de Marian Ochoa de Eribe.

Me gustó leerla y la recomiendo.

Hace unos días, buscando periódicos antiguos para encender la chimenea, encontré en uno de 2008 una entrevista a John Lecarré, a propósito de la publicación de El espía perfecto, la que según decía el autor sería, sin duda, su última obra. Ya no le veía sentido a escribir más.

Catorce años, y varias novelas publicadas después, he leído Proyecto Silverview, ahora su novela póstuma, encontrada por su hijo al clasificar los papeles dejados por Lecarré al morir.

Proyecto Silverview, de Lohn Lecarré. (FOTO de la portada: E.Madinaveitia)

Empecé a leer a Lecarré hace más de cincuenta años, creo que mi primer contacto con el autor fue Llamada para el muerto y, enseguida El espía que surgió del frío. Desde entonces he seguido leyendo casi toda su obra, casi siempre con agrado.

Esta novela póstuma, escrita al final de su vida, y aparentemente descartada por el autor, no defrauda, ni mucho menos.

El mundo del espionaje británico y sus cambios a lo largo del tiempo, son en la pluma de Lecarré una magnífica manera de reflejar los cambios que ha ido viviendo la sociedad y una disculpa para profundizar en los entresijos de la condición humana.

Proyecto Silverview es, como la mayor parte de su obra, una maravilla y un buen reflejo de la confusión de nuestros tiempos.

Mi hija me pasó Por si las voces vuelven, un libro autobiográfico de Ángel Martín. Yo conocía al autor porque fue el presentador de Órbita Laika, el programa divulgativo de La 2, hace algunas temporadas. También por un noticiario alternativo, y apresurado, que veo algunos días en Twitter.

Por si las voces vuelven, de Ángel Martín (FOTO de la portada: E.Madinaveitia)

Hace tres años, Ángel Martín se volvió loco y pasó unas semanas en un manicomio. El libro cuenta esa experiencia: sus pasos hacia la locura, provocados a veces por las drogas, aunque no está claro que siempre sea así, y su vuelta hacia su nueva normalidad, con las ayudas que recibe. El título ya es todo un síntoma de que sabe que esa situación anómala se podría repetir. Una lectura interesante para quienes puedan estar en riesgo de vivir una situación similar o, todavía más, para quienes tengan una persona así en su entorno.

El libro está siendo un éxito; el ejemplar que yo leí correspondía a la quinta edición. Pero está muy lejos de lo que yo suelo leer y, seguramente, de mi experiencia vital. A pesar de que no es un libro muy largo (unas 250 páginas) me pareció reiterativo.

Y hasta ahí llegaron mis lecturas de febrero.

En marzo terminé un solo libro: La llama inmortal de Stephen Crane, de Paul Auster.

La llama inmortal de Stephen Crane, de Paul Auster. (FOTO de la portada: E.Madinaveitia)

Me gusta mucho este autor, del que ya he leído unas cuantas obras, así que cuando vi que había publicado una nueva, lo compré sin mirar mucho el contenido; seguramente si lo hubiera mirado más a fondo no lo habría comprado. Se trata de un ensayo largo (más de mil páginas) sobre la obra, y la vida, de Stephen Crane, famoso, sobre todo por ser autor de “La roja insignia del valor”, una novela sobre la guerra, que yo no conocía pero parece haber sido muy popular en estados Unidos a todo lo largo del siglo XX. Tuvo una vida muy corta (menos de 30 años) pero muy intensa. Aparte de escribir varias novelas breves y muchos relatos participó como corresponsal en dos guerras, la greco-turca y la de Cuba, que enfrentó a España con Estados Unidos.

En los últimos años de su vida, que pasó en Inglaterra, en una gran finca en el campo, pero al borde de la ruina económica, fue amigo de grandes escritores como Joseph Conrad, H.G. Wells, Henry James, Ford Madox Ford e incluso de la madre de Wiston Crurchil.

Como decía antes, si hubiera mirado más a fondo antes de comprarlo, seguramente no lo habría hecho, pero me alegro de haberlo leído: es un buen libro sobre una figura que el autor consigue hacer muy interesante. Supongo que no tardará en publicarse alguna nueva edición de La roja insignia del valor, que seguro que tendrá lectores esperando.