Mis lecturas de enero de 2022


Empecé el año con una lectura sencilla, un libro que me regaló el Olentzero en casa de mis hermanas en Vitoria. Ya es casi una tradición que me pongan al día sobre las obras de los escritores locales de mi provincia. Así conocí a Álvaro Arbina, Eva García Sáez de Urturi o María Santórum.

Historia de dos maestros, de Ricardo Cámara del Álamo (FOTO de la portada: E.Madinaveitia)

En esta ocasión se trataba de Historia de dos maestros, de Ricardo Cámara del Álamo. Se trata de una novela sencilla, en la que el autor entrevera la historia de sus dos abuelos, ambos maestros, pero de ideologías opuestas, con los episodios clave de la historia de España a lo largo del siglo XX. Uno más próximo a la División Azul y el otro a la revolución de Asturias en el 34, acaban siendo consuegros cuando sus hijos se enamoran. No se puede decir que sea una obra maestra, pero sí que es fácil de leer.

Ya había leído varios libros de Belén Gopegui (por cierto, un apellido alavés, de un pueblo en las faldas del Gorbea) que además es, creo, una de las escritoras favoritas de mi amigo Felipe Romero; muchas veces su nombre sale en nuestras conversaciones.

Existiríamos El mar, de Belén Gopegui. (FOTO de la portada: E.Madinaveitia)

Existiríamos el mar, un título complejo, que aún me cuesta entender, es el de su última novela por el momento. Un grupo de amigos, de alrededor de 40 años, conviven en un piso en la calle Martín de Vargas 27, cerca de la Plaza de Embajadores, en Madrid. Ensayan un nuevo tipo de relación en tiempos de pandemia y de precariedad laboral. Una de ellas decide abandonar el grupo sin avisar ni dar explicaciones e introduce un elemento nuevo que les implica a todos. Una novela interesante,en la que la crisis postpandemia y las crisis laborales y personales de los personajes dan muchos elementos para la reflexión sobre nuestro tiempo, sobre las relaciones, sobre los vínculos y la convivencia.

La realidad no es lo que parece, de Carlo Rovelli (FOTO de la portada: E.Madinaveitia)

Mi dosis de ensayo de este mes vino de la mano de La realidad no es lo que parece, un libro de Carlo Rovelli. Descubrí a este autor, como a tantos otros, en el grupo de whatsapp Lectores, del que ya he hablado aquí en otras ocasiones, incluso con referencias a otro libro anterior del mismo autor. Se trata de una introducción a la física cuántica y a la estructura profunda de la realidad. Un libro muy interesante, escrito para que cualquiera pueda entender una cuestión muy compleja. Lo consigue casi todo el tiempo, aunque en algunos momentos resulta difícil de seguir para un lego en la materia como yo. Me gustó mucho leerlo, a pesar de esas dificultades momentáneas.

Otro motivo de agrado para mí fue recuperar la colección Metatemas, de la que leí muchos títulos cuando la coordinaba el gran Jorge Wagensberg.

Mis lecturas de enero terminaron con Zorba el griego, la novela de Nikos Kazantzakis que dio origen a una de esas películas que se han convertido en clásicas.

Era uno de esos libros que siempre tienes ganas de leer, pero nunca te decides. La reciente publicación en Acantilado y la recomendación en ese mismo grupo de Lectores que tanto me inspira últimamente, la volvió a traer a mi capítulo de libros pendientes.

Me gustó mucho la novela, así como el personaje de Zorba y su relación con el narrador-pensador que transmite su admiración por un personaje de características  tan opuestas a las suyas.

Se trata de un libro de aventuras y una reflexión sobre la vida: el escritor frente al hombre de acción. La filosofía de la vida gana la batalla a la aprendida en los libros.

Zorba el griego, de Nikos Kazantzakis. (FOTO de la portada: E.Madinaveitia)

Durante su lectura me ocurrió una cosa curiosa, que pone de manifiesto cuánto influyen nuestras propias circunstancias personales mientras leemos. Por avatares familiares tuve que hacer un viaje relámpago a Vitoria, que finalmente hice en tren: ida un día y vuelta al siguiente. Leí en el tren las primeras tres cuartas partes del libro y me enganchó mucho; luego regresé a Madrid y me dediqué a terminar un trabajo que me había comprometido a hacer para un amigo. Mi lectura entonces se ralentizó, lo que me hizo distanciarme. También puede ser que el libro, en su parte final, pierda algo de ritmo y entre en una fase más filosófica. Eso provocó que me fuera distanciando algo y moderara mi entusiasmo. En cualquier caso, el libro me gustó mucho: el vitalismo de Zorba, los convencionalismos sociales, que aunque han perdido fuerza siguen ahí, conforman un libro muy atractivo e interesante.

En mi familia solemos contar una anécdota referida a esa película que, en realidad, retrata cómo era la vida en muchas familias españolas todavía en los años setenta. Maxi, mi mujer, era entonces mi novia y tenía que llegar a casa a las diez de la noche. Si se retrasaba recibía castigos como no salir durante varios fines de semana. No sé si la película era algo más larga que lo habitual o el cine en el que intentábamos verla estaba algo más lejos de su casa. El caso es que, tras varios intentos en los que tuvimos que dejarla a medias, para llegar a casa a la hora, renunciamos a verla y sólo lo hicimos mucho tiempo después, ya casados y responsables de nuestro tiempo.


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