Manolo Carbajo se jubiló del todo el último día de mayo

El Vigia 2 junio, 2020
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Ayer, mientras desayunaba, ví que me había entrado un mensaje de Eva González, la hija de Manolo Carbajo; su padre había muerto la noche anterior.

Cuando, a principios de 2010, Manolo se jubiló por primera vez, le dediqué este artículo en mi blog, que aún se llamaba Casi Enteros y se publicaba en el diario 20 Minutos.

Luego, cuando en el año 2016 publiqué #Jubilarte, El arte de jubilarte, con testimonios de amigos que ya se habían jubilado o estaban (como yo mismo) próximos a la jubilación, le pedí un texto. Lo reproduzco a continuación, como mi particular homenaje a Manolo cuando emprende este último viaje. Creo que refleja cómo era Manolo: inteligente, sencillo y cercano.

Este es su texto:

DIARIO DE UNO DE TANTOS

Tengo 81 años y pasé a la situación de jubilado con 74. Si no me fallan los cálculos, cuando escribo estas líneas, a finales de mayo de 2016, he podido disfrutar ya de 2.343 días sin obligaciones laborales, o, lo que es lo mismo, de casi seis años y medio, para hacer lo que me apetece sin sujeción a horarios u otros sometimientos similares.

Manolo Carbajo, siempre cercano.

Lo bueno de la jubilación posiblemente sea esa libertad de acción o inacción. Sobre todo cuando se goza de buena salud y no existen otras limitaciones que lo impidan. Lo peor, tal vez, que a estas alturas de la película, cuando uno ha pasado o está a punto de superar la esperanza media de vida que asigna la estadística a los varones de nuestro país, como es mi caso, uno tiene la impresión de estar viviendo en tiempo de descuento, aunque la prórroga no haya sido cuantificada. Pero no quiero ser negativo.

El que esto escribe, jubilado tardío, tiene una salud más bien precaria, aunque va tirando con cierta dignidad y no debe quejarse en exceso. Siempre he dicho que no pienso morir de los achaques actuales, sino precisamente de exceso de optimismo, una forma más agradable y civilizada de hacerlo. Y así se lo he hecho saber, de vez en cuando y en broma, claro, a los médicos que me atienden.

Después de casi cuarenta años dirigiendo la revista IPMARK, recuerdo que, cuando ingresé en este estado de júbilo ­lo que etimológicamente viene a significar en castellano el cese de la actividad laboral remunerada­, además de experimentar esa sensación de libertad recién estrenada se apoderó de mí un irrefrenable deseo de holganza absoluta. Aunque duró poco tiempo.

Pronto redescubrí en carne propia lo que ya conocía, y había experimentado alguna vez: que no hacer nada, día tras día, resulta muy pesado y aburrido, menos gratificante incluso que trabajar de sol a sol o en labores repetitivas que no son de nuestro agrado. Y empecé a ponerme las pilas para repartir de forma más o menos equitativa y placentera, según mi leal saber y entender, el mucho tiempo disponible, que ahora podía administrar más o menos a mi antojo. Realmente no tuve que pensar demasiado.

Mi biorritmo desde siempre me ha exigido siete u ocho horas diarias de sueño para la buena marcha. Pero durante mi época en activo me fue difícil, por no decir imposible, satisfacer esta necesidad, que no vicio. Ahora no hay nada que lo impida, salvo raras excepciones. Eso que he salido ganando.

Entre otras cosas, soy diabético, y mi médico de cabecera me recomendaba un paseo diario, que no siempre podía cumplir en mi etapa anterior. Como jubilado, casi todos los días me marco una caminata de aproximadamente una hora, a mi velocidad de crucero actual, que no es la misma que cuando era más joven. Entonces jugaba al fútbol y hacia footing.

Y, como la cabra tira al monte, después de haber dedicado prácticamente toda mi vida como periodista a informar y escribir sobre temas de marketing, publicidad y comunicación y sobre sus gentes, habría resultado un tanto raro, incluso para mi, hacer un corte radical con este mundo donde desarrollé durante tantos años mi actividad profesional.

No tuve que hacer ningún esfuerzo por mi parte. Sin comerlo ni beberlo me vino solo a la mano. Mi hija, Eva González (la G. que acompañaba al apellido Carbajo, con la que yo he firmado siempre mis artículos, es de Gozález, por mi padre). Mi hija había colgado hacia algunos años la toga de abogado para dedicarse al emprendimiento periodístico. Ahí estuvo el enganche.

Manolo en la foto que publicó El Publicista con motivo de su jubilación.

Eva tenia a la sazón una revista digital internacional, con dos versiones, en espeñol y en inglés, que sigue editando con éxito. La publicación funciona bajo el título de Eastwind y está dedicada al management y estilo de vida. Por aquel entonces preparaba el lanzamiento de Eastwindmarketing, también revista digital con vocación internacional e igualmente en español e inglés. Y me ofreció ser Presidente Honorario. Por supuesto, todo gratis et amore, como corresponde a un jubilado que cobra su pensión de la Seguridad Social.

Esta distinción a título honorífico me está permitiendo continuar en contacto con el mundo de la publicidad y el marketing y con sus profesionales, seguir de cerca la evolución y problemática del sector y asistir a actos, conferencias, presentaciones y otros eventos. En definitiva me hace sentirme vivo.

Escribo a ratos, porque escribir para aquellos que nos hemos dedicado a esto termina convirtiéndose en un vicio. Paseo, veo la televisión y escucho la radio, porque me gusta y me ayuda a continuar en contactado con el mundo. También leo.

En estos momentos me ocupo con «Ortografía de la lengua española», un volumen de 743 páginas preparado por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, editado por Espasa en 2010. Obra docta, realmente instructiva, interesante y asequible, que engancha al lector y revela muchos de los aspectos estructurales de nuestra lengua. Especialmente apasionante para quienes, como en mi caso, el idioma ha constituido la materia prima en el ejercicio de su profesión.

Bien, así paso en líneas generales mis días. Entretenido, haciendo lo que me gusta y al ritmo que me permiten los años. Feliz en lo que cabe. Rodeado de estímulos. Ahora tengo tiempo para todo. Incluso para vaguear a ratos. Más o menos como otros jubilatas que conozco. A veces pienso que si Cicerón hubiera vivido en la era digital, habría escrito un «De senectute» todavía más vitalista.

Manuel G. Carbajo

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El Vigia

Empecé en el Gabinete de Investigación de Audiencia de RTVE donde fui uno de los primeros profesionales españoles en investigar audiencias, empleo del tiempo o metodologías de investigación.
A partir de 1991 trabajo en Zenith (que entonces se llamaba Central Media). Zenith es una agencia de medios líder en investigación y eso tiene mucho que ver con mi trabajo y con los excelentes equipos que siempre me han acompañado.

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